Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad desde 2001


Hay que conocer Aranjuez

Bienvenidos al Blog de Antonello Dellanotte

Buenos días, queridas lectoras y queridos lectores y bienvenidos a este artículo no programado dentro de mi blog. No programado digo, porque en la planificación editorial le tocaba el turno al anunciado segundo capítulo sobre arte funerario, publicación que tendrá que esperar un poco más para ver la luz. ¿Por qué esta intercalación?. La respuesta es sencilla, no quiero dejar pasar un tiempo que pueda desdibujar el recuerdo fresco que tengo de mi gran experiencia fotográfica y personal en tierras ribereñas. Esta excursión de tres días, incluidas dos pernoctas en un hotel, fue fruto de un encargo que recibí este verano de un cliente institucional para la elaboración de una serie fotográfica especial numerada de 170 copias que servirá como regalo para los asistentes y ponentes a unas jornadas que se celebrarán en los próximos días en Aranjuez. Es decir, fui en busca de UNA foto, lo cual puede parecer un cometido sencillo, pero no creáis que es así.

"Selfie" frente un panel informativo al inicio del trabajo. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte.
Vista este del Palacio Real del Aranjuez. En primer término, el río Tajo. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte.

Quiero empezar diciendo que, dado que mi radio de trabajo se limitó al palacio y sus jardines y aunque hice algún paseo por la ciudad, no he conocido Aranjuez al 100% ni muchísimo menos. Por tanto, esta historia se ciñe al entorno específico del encargo y por tanto no es una crónica completa sobre el lugar. También debo aclarar que no voy a publicar por el momento la foto ganadora del trabajo, la seleccionada para la serie numerada. La razón es sencilla: aunque en estas series lo que yo ofrezco son licencias no exclusivas –es decir, conservo todos los derechos sobre la obra reproducida-, me parece de obligada deferencia hacia al cliente esperar a que pase el evento para que los receptores del regalo reciban en primicia un material, que en este caso, es inédito. Algunas personas de mi entorno cercano sí han visto la fotografía, porque he pedido ayuda para decidir sobre la idoneidad de la foto ganadora. Para ello he enviado privadamente a algunos amigos y familiares una preselección de seis finalistas que el cliente eligió, solicitando a mis allegados que votasen su imagen favorita. Las tres imágenes más votadas obtuvieron un número similar de votos, lo que hizo casi mas difícil aún la decisión final. Lamento pues no poder satisfacer la curiosidad que probablemente se habrá suscitado en el lector acerca de la foto ganadora, pero prometo –pasado un tiempo- un “post” con este material. Quizá el lector se plantee: «…pues vaya artículo que no muestra lo mejor del trabajo…»; pero en realidad lo que quiero contaros hoy es la experiencia en sí, no el resultado objeto del encargo.

Entrada principal al Palacio Real de Aranjuez. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte.

Mi empeño, en lo fotográfico, habría sido mucho más sencillo y agradecido de haber hecho el reportaje un mes más tarde, con el otoño ya terciado y esos míticos paisajes multicolor en su momento de mayor esplendor; pero este año tan peculiar en Madrid en lo meteorológico, con un verano más suave, pero también más largo, ha traído como consecuencia un retraso en la llegada del citado espectáculo de color. Es decir, me he encontrado una Aranjuez verde y además apenas he visto una nube en los tres días de mi aventura fotográfica. Esto quiere decir que la luz se volvía dura enseguida, porque ha hecho un sol de justicia y bastante calor. Además, los cielos rasos de por sí son menos fotogénicos. Un amanecer o atardecer con nubes en un escenario tan espectacular y con tanta agua por todas partes me habría garantizado alguna que otra foto de esas con las que te luces fácilmente, pero ya os digo, ni media nube, ni por la mañana ni por la tarde. Ante estas circunstancias es mejor no lamentarse y adaptarse cuanto antes a lo que hay, a lo que Es. La fotografía al aire libre tiene, además de otros muchos condicionantes, esta limitación que marca la naturaleza y que hace muchísimo más exigente el trabajo del fotógrafo en términos de atención y presencia.

Tres días antes de mi estancia había ido con el cliente para conocer un poco el lugar, buscar algunas localizaciones y conocer también un poco sus preferencias. Reconozco que hasta entonces no conocí Aranjuez. Sólo lo recordaba cuando hace muchos años, siendo un niño, pasábamos por el famoso arco que había que cruzar a la fuerza cuando hacías un viaje en coche desde Madrid hacia el Levante español. Esos viajes en los años 70 en los que se tardaba una eternidad en hacer el trayecto de Madrid a Alicante, cuando no había autovías, ni los coches tenían aire acondicionado; cuando en un coche viajábamos seis u ocho personas, más el perro, más el equipaje. Recuerdo esos viajes como auténticas odiseas. Volviendo al presente, en esa primera sesión corta de contacto pude hacer ya algunas fotos del Palacio Real y formarme una idea de las características de la zona. Cuatro días más tarde llegaba a mi hotel a primera hora de un jueves, sobre las 10 de la mañana. Comenzaba la experiencia en sí.

Vista noreste del Palacio Real de Aranjuez. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte.

Mi área de acción era la zona del Palacio Real y sus jardines, un inmenso paisaje cultural y natural (declarado Patrimonio de la Humanidad en 2001) con una superficie cercana a las 200 hectáreas que recorrí de norte a sur y de este a oeste bajo un sol de justicia, buscando la sombra constantemente. Según mi aplicación de actividad física caminé cerca de 30 kilómetros en las dos primeras jornadas, que estuvieron llenas no sólo de magníficos descubrimientos paisajísticos e histórico artísticos sino también de fascinantes encuentros con personas de las que aprendido mucho y recibido gran cariño y hospitalidad.

La espectacular fuente de La Mariblanca en la plaza de San Antonio. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte.
La fuente de Hércules y Anteo, en la entrada de El Parterre. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte
La fuente de Ceres. Al fondo, el Palacio Real. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte
Una de las fuentes de las Nereidas, en El Parterre. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte
Puente que une El Parterre con el Jardín de la Isla en Aranjuez. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte

Aquella mañana de jueves ya era tarde para hacer fotos de amanecer, así que decidí empezar la visita, ya a pleno sol, por la entrada al Jardín del Parterre –construido en tiempos de Felipe V– en la cara oriental del palacio, para pasar enseguida al Jardín de la Isla. Previamente pude fotografiar la espectacular Fuente de la Mariblanca, en la plaza de San Antonio. De los jardines quería conocer sus monumentos, sus inmensos árboles –madre mía que árboles tienen los Jardines de Aranjuez-, y sus paisajes. Visitado El Parterre, situado al norte del complejo palaciego con sus fuentes de Hércules y Anteo, de Ceres y las gemelas de las Nereidas, pasé rápidamente al fresco del Jardín de la Isla. Recorrerlo me llevó toda la mañana y tuve la suerte de que mi recorrido coincidió con la hora de encendido de muchas de las preciosas fuentes que salpican este recinto mágico rodeado por el Tajo y que tanto gustaba a Isabel la Católica, aunque en aquellos tiempos el jardín no había alcanzado su esplendor, cosa que ocurrió ya en tiempos de Carlos I y Felipe II. Es de destacar que las fuentes y los jardines tienen unos horarios muy limitados. Hay que informarse con antelación para poder disfrutar de los increíbles juegos de agua de las fuentes. En el Jardín de la Isla se pueden contemplar las fuentes de la Boticaria, la de Hércules e Hidra, la de Apolo, la del Reloj, la del Niño de la Espina, la de Venus, la de Diana, la de Baco y la de Neptuno. Precisamente en esta fuente coincidí con un grupo de aficionados a la fotografía con los que charlé durante un rato mientras descansábamos todos un poco.

Fuente de Apolo en el Jardín de la Isla. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte
Fuente del Espinario en el Jardín de la Isla. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte
Fuente de Baco en el Jardín de la Isla. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte
Fuente de Diana en el Jardín de la Isla. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte

Pero Aranjuez es además un gran paisaje natural. Su emplazamiento en las riberas del Tajo hace de esas tierras una verdadera huerta, un fabuloso oasis de fertilidad. El Plátano de sombra es el árbol más abundante y en el Jardín del Príncipe, del que hablaré más tarde, se encuentra uno de sus mayores ejemplares, el llamado Plátano Padre, de más de 250 años de antigüedad, probablemente el individuo de mayor porte de la provincia de Madrid. Todo un portento.

Sediento y hambriento acabé este primer recorrido hacia la hora de comer. Como muy cerca de la salida de estos jardines está el mítico restaurante El Rana Verde, decidí sentarme en la terraza para tomarme, lo primero, una copa helada de cerveza y degustar a continuación, regadas por un Verdejito, unas deliciosas ancas de rana, que es lo suyo. Yo me repetía todo el rato que no tiene nada de particular, que es como cualquier otro alimento, pero lo cierto es que comer batracios, quizá por el factor de cercanía, se me hizo un poco extraño al principio, sensación que superé rápidamente mientras daba cuenta del resto de la ración. Allí tuve la suerte de conocer a Joaquín Cot, gerente de este establecimiento centenario y persona de gran inquietud por los asuntos de la cultura y bastante implicado en ellos a través de su actividad en varias asociaciones de índole cultural y turística, no sólo a nivel local sino también autonómico. Mantuvimos una larga y apasionante charla sobre los jardines de Aranjuez que me dio algunas claves importantes. Desde entonces hemos mantenido el contacto y lo seguiremos manteniendo, porque sí, voy a volver –y pronto- para fotografiar ese otoño y pienso volver a reponer fuerzas en su casa cuando regrese. Aprovecho para mandar un abrazo a Joaquín desde aquí.

Ancas de rana en El Rana Verde. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte

El Hombre y el Árbol

Con el estómago lleno y colmado también de ilusión inicié, tras el almuerzo, mi primera visita al enorme, en todos los sentidos, Jardín del Príncipe. Este recinto, que por su linde norte bordea el sinuoso recorrido del Tajo, recibe su nombre de cuando Carlos IV era todavía Príncipe de Asturias, allá por 1772. El jardín se terminó en 1804. Con una superficie de 150 hectáreas (no todas ellas visitables) este recinto está lleno de maravillas naturales, artísticas y arquitectónicas. A diferencia de cómo ocurrió en La Isla, esa tarde llegué a deshora para ver las fuentes en acción, por lo que tuve que esperar a la mañana siguiente para verlas funcionando. Pero la fortuna quiso que en ese primer paseo, en plena desorientación –porque me perdí como 10 veces- fuese a preguntar cómo llegar a la fuente de Apolo a un lugareño que estaba sentado en un banco en uno de los paseos principales del jardín. Aquel hombre era Juan Díaz, historia viva de España. Nacido en 1928 y testigo de excepción de nuestro pasado –y de sus miserias– y podador en Aranjuez desde que tiene memoria. Enseguida, cuando comenzamos a hablar de árboles, fui consciente de que estaba frente a una de esas personas que saben mucho sobre algo. Decidí interrumpir mi sesión para dar un paseo en su compañía. Árbol a árbol fue dándome una masterclass de botánica y de la vida misma. Entre plátanos de dimensiones imposibles, árboles del amor, tilos, ahuehuetes, liquidámbares y otras especies arbóreas dimos un paseo de media hora que me colmó de satisfacciones y de sentimientos de ternura y respeto hacia este sabio. Me contaba sobre cuando, en la atroz hambruna de la posguerra, la madera era la moneda de cambio, porque servía para calentarse, para cocinar y para cambiarla por alimentos y otros bienes de primera necesidad. Despacio y con una elocuencia admirable para un hombre de 90 años, me fue contando cómo los podadores creaban riqueza sin talar un solo árbol. Una experiencia fantástica. Un hombre que siempre recordaré. Gracias Juan.


Agotado y feliz, llegaba al hotel a eso de las 8 de la tarde, tras haber hecho una parada en un bar cercano a tomar un pincho y una cerveza. Mis piernas, y sobre todo mis pies acusaban ya una fatiga considerable, así que nada más quitarme la mochila lo primero que hice, pensando en la larga caminata del día siguiente, fue meterlos 20 minutos en agua caliente para que recuperasen el tono. Luego una buena ducha y a la cama, donde caí muerto hasta las 6,30 de la mañana del viernes.
Al siguiente día desayuné con rotundidad en el bufete del hotel y emprendí mi camino de vuelta hacia la zona del Palacio Real para ver amanecer frente a él a orillas del Tajo. Jugándome un poco el tipo –y el equipo– conseguí una posición excelente a escasos centímetros del cauce de agua, con el sol a mi espalda y el palacio de frente. Allí tome un montón de fotografías e incluso hice una retransmisión en directo para sorprender a mis seguidores de mi página de Facebook de El Retiro. Al poco de salir ya completamente el sol, pero aún muy temprano ocurrió algo inesperado, algo que iba añadir un plus a esas limitadas opciones fotográficas de las que hablaba al principio. De pronto, y como de la nada, comenzaron a emerger por detrás del palacio las siluetas de varios globos aerostáticos, convirtiendo la escena, que ya era bonita de por sí, en una auténtica postal. Luego me informé y resulta que se trataba de los ensayos para el Festival de Globos Villa de Aranjuez ‘El Deleite’, que se celebra cada año en la Villa de Aranjuez. La escena, desde donde yo estaba, era alucinante. Me llamó poderosamente la atención el contraste de la rotundidad del Palacio, tan anclado al suelo, con la liviandad de los globos en medio del azul del cielo, reflejados también sobre el agua. La relación de Aranjuez con los globos tiene mucha relevancia histórica, porque fue desde allí desde donde el Montgolfier realizó en 1784 el primer vuelo de un globo aerostático en España.

Globos aerostáticos despegando desde la Plaza de Parejas. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte.

Acabada esta sesión y a unos pocos metros de allí encontré en el antiguo embarcadero real un grupo de pescadores que sacaban incesantemente pececillos del río. Como el recorrido del encendido de las fuentes del Jardín del Príncipe no comenzaba hasta las 12 decidí acercarme a ellos para interesarme por lo que estaban haciendo. Estuve de charleta con Antonio, Francisco y Jorge durante casi una hora, a lo largo de la cual me fueron contando curiosidades sobre la pesca en el Tajo, sobre las especies que se pueden sacar permanentemente del agua y sobre aquellas que se pueden pescar sin muerte, es decir sobre las que hay devolver al río; hablamos también sobre los cambios que el ecosistema ha ido sufriendo con el paso de los años, hablamos sobre el controvertido Transvase y hablamos de la vida. Le comenté a Antonio que era mi intención volver al Jardín del Príncipe y no sólo me aconsejó una entrada alternativa al recinto, mucho más pintoresca, sino que, muy amablemente me acompañó unos cientos de metros en dirección a ella, hasta que no había pérdida posible.

Pescadores en la ribera del Tajo. En primer término, Antonio. Más atrás, Francisco. Al fondo, Jorge. (Espero no haberme equivocado en el orden).
Vista del Tajo desde el puente que lo cruza hacia el Jardín del Príncipe. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte.

Acometí entonces el recinto sobre el puente que hay más al norte para dirigir mis pasos hacia la fuente de Narciso, que se encendía a las doce en punto.
Tras hacer una minivista –sin acceder propiamente al interior– al Museo de Falúas, llegaba a mi encuentro con Narciso media hora antes del encendido. Allí me senté a esperar en uno de los bancos de piedra que rodean este impresionante monumento. Cuando faltaban 3 minutos apareció una agente de Patrimonio Nacional para verificar que todo funcionaba y para vigilar que nadie hiciese ninguna tontería, como subirse al pilón o hacer cosas del estilo.
El encendido duró 15 minutos exactos, como anunciaban las placas informativas. La siguiente fuente que se pondría en funcionamiento sería la del Cisne, también llamada de las Cabezas. La hora programada era las 12,30, porque te dan esos 15 minutos para ir de una fuente a otra y poder asistir en tiempo al momento del encendido. Pregunté a esta persona, que creo recordar se llamaba Carmen si también iba a estar presente en la otra fuente. Ante su respuesta afirmativa le dije si no le importaba que la acompañase, pues la verdad, soy tan despistado que lo normal sería que no llegase a tiempo. A ella le pareció bien, así que hicimos juntos el recorrido hasta la citada Fuente de las Cabezas, que tal y como me había adelantado Carmen era de lo más espectacular porque en este caso había unos impresionantes juegos de agua programados en un ciclo que se repitió hasta tres veces. Un verdadero espectáculo al que me acerqué tanto que terminé empapado y con el objetivo de la cámara lleno de gotas. Empapado, refrescado y bendecido por tan grata experiencia. Gracias, Carmen.

Fuente de Las Cabezas. Momento del encendido.

Mi siguiente parada era la preciosa Fuente de Apolo, que lamentablemente estaba apagada, al igual que había ocurrido con la de Hércules y Anteo. Tras perderme dos o tres veces más y atravesar arboledas, huertos de frutales y todo tipo de paisajes posibles llegué al Estanque de los Chinescos, una ría circular con islas en cuyas orillas se yerguen dos impresionantes ahuehuetes. En esas islas hay tres templetes, uno de tipo griego, obra de Juan de Villanueva, uno propiamente chinesco y un mausoleo de granito de inspiración egipcia. Un lugar hermoso y peculiar, aunque he de decir que algunos de los templetes necesitan una mano de restauración. Ya cerca del extremo oriental visitable, y tras perderme dos o tres veces más –como no podía ser de otro modo–, alcancé la Casa del Labrador, una de las residencias oficiales de la Casa Real. De estilo neoclásico, fue diseñada por Juan de Villanueva a finales del XVIII y terminada por Isidro González Velazquez. Como el lector habrá advertido en esta visita no he entrado a los interiores de ninguno de los espacios visitables. Ello se debe a una doble razón: de una parte, que me tenía que centrar en la foto de exteriores, que fue lo que me pidieron; por otra parte hay que pedir un permiso especial –que yo no solicité– para hacer fotografías.

Fuente de Apolo en el Jardín del Príncipe. Aranjuez. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte
Estanque de Chinescos en el Jardín del Príncipe. Aranjuez. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte
Casa del Labrador en el Jardín del Príncipe. Aranjuez. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte

El Plátano Padre

El Plátano Padre en el Jardín del Príncipe. Aranjuez. Octubre 2018. ©2018 Antonello Dellanotte

Al final de este paseo por fin encontré el Plátano Padre que había estado buscando el día anterior. Incluso rodeado de magníficos individuos este ejemplar destaca por su enorme tamaño y porque además, al nivel del suelo tiene un tratamiento diferente y destacado frente resto de árboles, con una plazuela de seto a su alrededor y un cártel en el que figura la información sobre esta maravilla de la naturaleza. El tronco tiene una circunferencia que ronda los 7 metros; la copa acaricia los 50. Fue plantado en 1767. (No había nadie para posar junto a él, por lo que he añadido una figura humana más o menos a escala para que os hagáis una idea de su porte).


Era la hora de comer y yo estaba otra vez agotado, hambriento, sediento y con un dolor de pies importante, pues el sobreesfuerzo es acumulativo. Y estaba además lejos del hotel y de todo. En un ultimo esfuerzo encaminé mis pasos hacia mi lugar de descanso. Llegué a mi habitación, dejé el equipo y me fui a comer algo. Regresé al hotel a eso de las 17.00, me di una ducha y volví a meter los pies en agua caliente. Tenía que volver a ponerme las botas y añadir a mi equipo el trípode para, en un par de horas, volver al Palacio Real a fotografiar la puesta de sol en la que sería mi última sesión. Ya de noche y completamente agotado me acosté sin cenar. A la mañana siguiente, y visto que las condiciones meteorológicas se repetirían decidí dar por finaliza la aventura fotográfica y volver a Madrid. Un taxi me llevó hasta la estación de tren, donde cogí el Cercanías hasta Atocha. Desde allí otro taxi me llevó hasta casa. Los días siguientes fueron de revisión, selección y procesamiento de candidatas. Pero fueron días también de revivir esta magnífica experiencia y de ser consciente de cuán afortunado es uno cuando encuentra gente de bien en cada paso, como si el Universo lo hubiera dispuesto así. De esta experiencia me quedo con esas gentes de Aranjuez que tan bien me han tratado y de las que tanto he aprendido. Muchas gracias.



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